Desde allí veía perfectamente a la familia de Camila brindar, reír, levantar copas altas de vino tinto. Andrés estaba entre ellos, forzando una sonrisa que yo, su madre, conocía de memoria: la sonrisa que ponía cuando algo le dolía por dentro y no se atrevía a decirlo. La suegra de mi hijo, doña Elvira, hablaba fuerte, contaba historias de su última estadía en Madrid y de lo importante que era «rodearse de gente del mismo nivel». De vez en cuando, sus ojos se cruzaban con los míos y ella desviaba la vista rápido, como si mirar hacia mi mesa fuera contagioso.
Yo pedí una sopa. No tenía hambre. Se me hacía un nudo en la garganta cada vez que trataba de tragar. Pensé en levantarme e irme, en tomarme un taxi de vuelta a casa, en llorar en mi cuarto sin que nadie me viera. Pero algo dentro de mí, una dignidad vieja y terca, me hizo quedarme sentada, con la espalda derecha, como cuando cosía dieciséis horas seguidas para pagar un semestre de universidad.
Y entonces pasó algo que no esperaba.
A mitad de la cena, mientras el padre de Camila hacía un brindis pomposo sobre «la unión de las familias», Andrés dejó su copa sobre la mesa con un golpe seco. Se puso de pie despacio, tomó su servilleta, la dobló con cuidado y la dejó sobre el plato. Todos lo miraron. Camila le tironeó del saco, susurrando algo que no alcancé a oír.
Con permiso dijo mi hijo, con la voz clara Me equivoqué. Me equivoqué de mesa.