El restaurante era, en efecto, deslumbrante. Lámparas de cristal colgaban del techo, meseros con guantes blancos se movían como sombras entre las mesas, y el aroma a mantequilla y hierbas frescas llenaba el aire. Al entrar, vi a Camila de lejos, radiante en un vestido color perla, junto a sus padres y a otras dos parejas que reconocí de fotos: sus tíos. Levanté la mano para saludar, pero Camila se acercó rápido, casi corriendo, y me tomó del brazo con firmeza.
Doña Marta, qué gusto verla —dijo en voz baja, sin mirarme del todo—. Mire, hoy hay un pequeño cambio. La mesa principal quedó muy justa, y como mis papás son… bueno, ellos son muy finos, muy delicados con las conversaciones, pensamos que usted iba a estar más cómoda en otra mesita, aquí a un costado. Le pedimos lo mejor del menú, no se preocupe.
Me quedé sin palabras. Miré hacia Andrés buscando algo, una señal, un gesto de defensa, pero mi hijo tenía la vista clavada en el suelo. Sentí que las piernas me temblaban, pero no quise hacer una escena. Asentí despacio y me dejé conducir a una mesa pequeña, contra la pared, al lado de la puerta de la cocina, donde el ruido de los platos era constante y el paso de los meseros me rozaba los hombros.