Nunca pensé que a mis sesenta y dos años iba a vivir una humillación como la de aquella noche. Mi hijo Andrés, el único que tengo, se había casado hacía apenas ocho meses con Camila, una muchacha bonita, educada en colegios caros, hija de un empresario con apellidos largos y de una señora que hablaba de sus viajes a Europa como quien recuerda el mercado del domingo. Yo, en cambio, soy una mujer sencilla. Trabajé toda mi vida como costurera, lloré sola a mi hijo después de que su padre se fue, y con mis manos pagué su universidad. Estaba orgullosa de él, y por eso, cuando Camila me llamó una tarde para invitarme a una cena «muy especial» en un restaurante del norte de la ciudad, acepté sin dudar.
Va a estar toda mi familia, doña Marta —me dijo por teléfono, con esa voz dulce que a veces sonaba a miel y otras a caramelo endurecido—. Mis papás quieren conocerla mejor. Es un lugar elegante, así que póngase en contacto con algo bonito, ¿sí?
Colgué con el corazón apretado de emoción. Saqué del ropero mi vestido azul, el que había guardado para las ocasiones grandes, y hasta pasé por la peluquería del barrio para que me acomodaran el pelo. Andrés pasó a buscarme puntual. Lo noté callado durante el trayecto, como si algo le pesara en el pecho, pero cuando le pregunté, sonrió apenas y me dijo que estaba cansado del trabajo.