Pensé en muchas cosas. Enfrentarlo, hacerle una escena, incluso pedirle a mi hija que lo invitara para atraparlo en persona. Pero no podía usar a una nena de cinco años como carnada. Así que elegí un camino más simple: durante varios días le pregunté, como al pasar, qué días venía «el señor del chocolate». Del relato de Lia surgió un patrón claro: martes y jueves, al mediodía, mientras yo estaba en la fábrica.
El día que decidí volver antes
El jueves siguiente salí de casa como cualquier otro día. Le di un beso en la mejilla a Ana, mi esposa, y le dije «nos vemos a la noche». Manejé hasta la fábrica, entré, y a las once le dije al jefe que me sentía mal y necesitaba irme.

Volví con las manos temblando en el volante. Estacioné a dos cuadras para que nadie viera mi auto. Caminé hasta casa y abrí la puerta con el mayor sigilo posible.
Desde la cocina venían voces. La de Ana. La risa de Lia, que se suponía tenía que estar en la guardería. Y una voz masculina, mayor, que no reconocía. Respiré hondo y entré.