Ella respondió inmediatamente.
—Voy para allá.
Cuando llegó, encontró a decenas de vecinos trabajando juntos.
Unos acomodaban colchones.
Otros repartían comida.
Las madres calmaban a los niños con canciones.
Los jóvenes ayudaban a los adultos mayores.
Nadie preguntaba quién era rico.
Nadie preguntaba quién era pobre.
Solo existía una prioridad.
Cuidarse unos a otros.
Don Ernesto observaba la escena con lágrimas en los ojos.
Siempre pensé que los momentos difíciles sacarían lo peor de las personas.
Pero hoy estoy viendo lo contrario.
Valeria abrazó a su abuelo.
Él sonrió.
Cuando todo parece oscuro, la esperanza suele aparecer donde menos la esperamos.
Las horas comenzaron a pasar lentamente.
El cielo se volvió casi negro.
Los relámpagos iluminaban el océano.
Cada trueno hacía temblar las ventanas.
Sin embargo, dentro de la iglesia ocurría algo completamente distinto.
Las personas comenzaron a compartir historias.