La piel es el órgano más extenso del cuerpo humano y cumple funciones vitales como proteger frente a agentes externos, regular la temperatura y mantener la hidratación. Con el paso de los años, sufre transformaciones naturales que reducen su capacidad de defensa y reparación
- Disminución de la producción de aceites naturales: las glándulas sebáceas se vuelven menos activas, lo que provoca que la piel se reseque con mayor facilidad.
- Adelgazamiento de la barrera cutánea: la capa externa pierde grosor y se vuelve más frágil ante el agua caliente y los productos químicos.
- Menor capacidad de retención de humedad: la piel madura tarda más en recuperarse después del contacto con el agua.
- Mayor sensibilidad: aparecen más irritaciones, picazón y enrojecimiento ante productos antes tolerados.
Por estas razones, lo que durante años pudo ser una rutina inofensiva, después de los 65 puede convertirse en una fuente constante de molestias e incluso de problemas dermatológicos.
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